Arquitecto, pintor, docente de la Universidad de Guadalajara, director de la Escuela de Artes Plásticas y rector del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño, Sergio Zepeda es indudablemente uno de los grandes protagonistas de la vida cultural de Guadalajara. A propósito de su reciente exposición en el Museo Regional, sostuvimos una charla con él, de la que presentamos la primera parte.
Luis Rico Chávez: Me enteré que en 1962 fue su primera exposición en el Museo Regional, y ahora vuelve a exponer, después de más de 60 años.
Sergio Zepeda Castañeda: Más de 60 años.
LRCh: Eso me parece a mí muy interesante. ¿Qué me diría sobre eso?
SZC: De hecho, yo la considero la más importante de mis exposiciones en cuanto a la carga emotiva que tiene para mí.
LRCh: ¿La primera, o esta, o las dos?
SZC: La primera, sobre todo por las circunstancias. Yo era alumno de don Guadalupe Zuno. Me daba Estética, y la mayoría de las clases las tomábamos en el Museo. Un día, viendo mis acuarelas me dijo: “Oye, jovencito, me gusta tu pintura. Voy a hacer una exposición colectiva en la que yo voy a participar. Y ya invité a Gabriel Flores, a Guillermo Chávez Vega, a César Zazueta. Y yo creo que tú cabrías bien”. “Si me acepta, con todo gusto”. “Tráeme unas piezas y vamos a hacer una selección”.
Para entonces, Gabriel Flores y Chávez Vega ya estaban en la Escuela de Artes Plásticas, desde luego un poco más avanzados que yo, pero llegamos a hacer muy buena relación. Cuando yo entré a Artes Plásticas no había casi alumnos en la escuela, era muy poca la demanda; entonces, para invitar a la gente a que se inscribiera, hacíamos unas planchas en grabado que trabajaba Gabriel, yo ponía las letras. Eso me permitió tener una muy buena relación con ellos, con los tres; con el viejo Zuno me seguí viendo.
Ellos siguieron con la carrera exclusivamente de pintura. En mi caso no fue así, porque mi padre se oponía… No se oponía, pero me recomendó que si me quería dedicar a la pintura que empezara a practicar no comer, para agarrar condición. Me dijo: “La única herencia que les voy a dejar (fuimos nueve hijos) es una buena educación, nada más”. Entonces estudié arquitectura para cumplirle a mi padre, y la ejercí.
Fui maestro, y recorrí todo el camino en la universidad hasta llegar a ser rector del CUAAD (Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño). Con Gabriel, Guillermo y César, aunque siguieron con su carrera, llevamos muy buena relación, mantuvimos una relación muy grata. Sobre todo Gabriel fue muy amigo mío.
Cuando sentí cercana su muerte le propuse a Raúl Padilla que le hiciéramos un homenaje en vida. “Lo que usted quiera, arquitecto, propóngame algo”. Yo le propuse que le diéramos un honoris causa. Se opuso Gabriel totalmente. Me dijo: “No, no, no… No, Sergio. Te agradezco lo que andas haciendo por mí, pero a mí no me interesan esas cosas, ni siquiera me voy a parar en un presídium para ir a dar un agradecimiento”. “Mira Gabriel, por favor, lo mereces, y yo te escribo el discurso. Es más, yo lo digo, tú te quedas sentado y yo digo: ‘Gabriel quiere que diga esto’ ”. “No”.
Total, lo único que me aceptó fue que hiciera una ceremonia en la sala de juntas de Rectoría, con algunos invitados que él seleccionó. Ahí le dimos el reconocimiento y se le nombró maestro honorario de la Escuela de Artes Plásticas. Nos pidió que invitáramos a Camachito, a Ramón Mata, a Carrillo Tornero, a sus amigos pintores y así lo hizo Raúl Padilla. Fue un evento pequeño, muy emotivo.
Hay un detalle, del que tengo fotografías: cuando terminamos (estábamos en la segunda planta), Gabriel le tiende la mano a Padilla, agradeciéndole para despedirnos y ya venirnos, y le dijo Raúl: “No se despida, lo voy a acompañar a la salida, a las escaleras”. Pero venía platicando con él tan a gusto que bajó las escaleras… total, para no mentirte, lo llevó al coche en la calle, se echó todo el recorrido platicando con él y se despidió con toda la gente atrás, los que veníamos. Todo esto nació en esa exposición del museo.
A mí nunca me ha gustado andar pidiendo exposiciones, no es mi costumbre. Espero que me inviten, y cuando lo han hecho acepto, con todo gusto. De hecho yo nunca busqué una exposición en el museo, pero cuando conocí a la directora actual, hace año y medio o dos años, en la presentación de un libro, me abordó y me dijo: “Yo soy fulana de tal, la directora, estoy a sus órdenes, arquitecto, yo sé quién es usted, mi padre me hablaba mucho y usted”. Le pregunto: “¿Quién es su padre?” “El arquitecto Leónides Domínguez”. Él fue un compañero mío.
Te platico la historia: había dos formas de tener poder en las escuelas: o ser de la FEG (Federación de Estudiantes de Guadalajara) o dedicarte a la promoción cultural por tu cuenta. Entonces Leónidas y yo hicimos un Ateneo Cultural en la Escuela de Arquitectura, y con nuestros fondos y con lo que conseguíamos trajimos a Carlos Monsiváis, a Carmen Barreda, la primera directora del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, a José Agustín cuando empezaba; hacíamos actividades fuertes; organizamos el baile de Arquitectura en el Exconvento, trajimos a los Dug Dug’s, a Monna Bell… en fin, hicimos muchas cosas de cultura en la Facultad de Arquitectura.
Entonces esta señora dijo: “Venga a platicar un día conmigo”. Fui a platicar, me invitó un café ahí en su escritorio, y ya terminamos de platicar y me despedí. Le dije: “Bueno, muchas gracias, me dio mucho gusto” y me contestó: “¿Cómo? ¿Ya se va, así nomás?” Hasta le hice la broma: “¿Qué, hay que pagar el café o qué falta?” “No, comprométase a volver, presente una exposición en el museo”.
Yo acababa de terminar, un año antes o dos, la exposición Retroverso en el Museo de las Artes de la UdeG, y no te imaginas en todo lo que se mete uno para montar una exposición como aquella, porque había que restaurar muchas obras que ya tenía de años, y la verdad ya no quería saber yo de exposiciones, y menos mi mujer… Me dijo: “Ya no te vayas a meter en otra, por favor”.
Le dije a la directora del museo: “Mire, no lo tenía pensado, la mera verdad, pero sí acepto, déjeme planearla y nomás deme unos meses”. “No se apure”, me contestó, “cerca de la FIL cumple años el museo, y es una fecha propicia”. Por eso se hizo la exposición.
Pero ya, al estar montando, al estar instalándonos y volver al museo me llenó de satisfacción, la mera verdad. Inclusive estar en la sala Roberto Montenegro, a quien yo conocí también, porque Roberto Montenegro era socio del despacho, del taller del escultor (que ahorita se me fue el nombre) de los que expusieron conmigo en 1962.
César Zazueta y Roberto Montenegro tenían su estudio aquí en Colón y Madero, en un edificio muy bonito en la segunda planta. Entonces yo tenía también relación con Montenegro y estar en la sala Montenegro… pues hay muchas cosas que me llenaron de satisfacción… entonces sí es muy importante esta exposición por todo lo que representa.

LRCh: Todos sus años de trayectoria lo hacen protagonista de la historia de la plástica de Jalisco de las últimas décadas, además de la arquitectura, su papel como docente y ahora que está enfocado más a la escritura… Me gustaría que me diera, desde su punto de vista, una panorámica de la plástica de Jalisco, desde que usted comenzó hasta hoy; sé que es un tema muy extenso, pero quisiera que nos contara lo más significativo para usted.
SZC: Cuando yo empecé a tener contacto con la plástica formalmente, en la Escuela de Artes Plásticas, formé el Ateneo, como ya te comenté.
Quisiera comenzar con la relación con Carmen Barreda, que tiene sus características muy especiales; brevemente te las comento. Cuando fui a invitarla para que viniera a dar una conferencia (yo iba vestido como visto diario, en comitiva con dos compañeros), ella sabía que iba a recibir a un Zepeda.
Cuando su secretaria nos da acceso a su oficina, me ve llegar Carmen Barreda —guapísima la mujer, hermosa— y me pregunta: “¿Tú eres Zepeda?” “Sí”. “Ay, mijo, estás igualito que tu tío Manuel cuando fue mi novio” (mi tío Manuel era el coronel Zepeda Castillo que, te menciono entre paréntesis, era el presidente del Congreso del Estado cuando se decretó la fundación de la Universidad de Guadalajara; él presidió el Congreso en ese mes). “En ese entonces el coronel Zepeda Castillo para mí era todo”, dijo ella. “Era mi novio, estaba como tú… Por cierto, ¿cómo está?”, me pregunta, y le contesto: “Bien, lo acabo de saludar. Comí con él”. Estaba en Mexicana de Aviación y en Relaciones Públicas el viejo. Me dice: “Salúdamelo… sin que se dé cuenta su esposa”. Me cayó muy bien la señora.
Le dije: “Venimos a invitarla a Guadalajara para que nos dé una plática, somos del Ateneo de la Escuela de Arquitectura”. Me dice: “Ay, mijo, pero ¿qué les puedo decir yo? Soy una simple directora de un museo”. “Eso díganos. ¿Cómo es usted la directora de un museo?” Del Museo de Arte Moderno, que se lo construyó López Mateos y le dijo: “Carmen, este museo es para ti, vístelo como quieras, haz lo que se te antoje, este es tu museo”. Y le dio libertad absoluta y la señora, con relaciones importantísimas que tenía hizo un buen museo, logró una buena organización.
Ese museo ya no es tan importante como todos los que lo rodean en México, pero tiene sus cualidades. Y te decía, en ese tiempo, los pintores que rifaban eran Chávez Vega, Zazueta… contados con los dedos de las manos. Lara Gallardo ya tenía su prestigio.
Pero empezamos a surgir estudiantes y salíamos generaciones de estudiantes que teníamos que presentar nuestra obra al final en cada examen y veías que había calidad, pero no había dónde exponer.
Esa era la realidad, no había dónde exponer… inclusive se hacían exposiciones en los aparadores de Camarauz, que estaba al lado de lo que fue el cine Variedades, donde está ahorita una zapatería, en Juárez. Por Juárez, en el edificio de enfrente del Variedades, en la planta baja estaba Deportes Guerra, y el segundo era Camarauz, de un Camarena y de Juan Víctor Arauz.
Ahí expuso Mathias Goeritz por ejemplo, una exposición de letras. Ahí se exponía fotografía. Ahí llegó a ir André Breton, a quien acompañó don Víctor Arauz. Breton y Trotsky estaban hospedados en el hotel Fénix. Era un lugar de reunión de gente importante en Guadalajara. Pero te digo, había muy pocos lugares para exponer. De ahí me nació, de coraje, el Salón de Octubre, que simplemente era un coraje que yo traía guardado.
Fui a solicitar una exposición en la Galería Municipal, que hoy es el Torres Bodet (empezó como galería de artes plásticas) y me dice la señorita que me recibió: “¿Quieres exponer? Tráete cinco Invitaciones de otras exposiciones. Trae recortes de prensa que hablen de ti, premios que hayas recibido”. “Oiga, le estoy pidiendo para hacer mi primera exposición. ¿De dónde quiere que saque cinco previas?” Pero cometí el error de decirle que esta pinchurrienta galería me gustaría para mi primera exposición y me corrió. “¡Lárguese, muchacho!”
Me quedé con el piquete en la espalda, y cuando por suerte se cambian las Fiestas de Octubre del Agua Azul al auditorio Benito Juárez, cuando era presidente del grupo de las Fiestas de Octubre, Carlos… no me acuerdo del apellido… Carlos, un zapatero, a través del patronato que él presidía, le pidió a la Universidad de Guadalajara que le aportara ideas para organizar eventos culturales dentro de las fiestas.
Entonces me llaman a mí y dije: “Aquí está la oportunidad”. En esas fechas había un Salón de Octubre, donde se participaba por invitación; entre ellos invitaban a fulano, zutano, mengano, y se juntaban y se presentaba un año sí, tres no, y así.
Como yo soy muy decente y nunca me ha gustado apoderarme de cosas; pensé: “Había un Salón de Octubre, en octubre, para las Fiestas de Octubre, pues que siga llamándose Salón de Octubre”, nomás que ahora va a ser para pintores reconocidos, como cuando ellos se juntaban, pero se va a dejar entrar a pintores que no tengan ninguna trayectoria, simplemente que presenten sus obras a la selección y, si lo merecen, serán expuestas, y así nació el Salón de Octubre del que me tocó a mí hacerme cargo durante ocho años.
De ahí salieron Garval, Malo… no me acuerdo cuántos más, pero todos los que andan en el pandero ahorita se ganaron el primer premio de su vida en un Salón de Octubre de esos que me tocó a mí dirigir. Además, tengo el orgullo de haber traído jurados de alto nivel. Traje por ejemplo, en el primero, a don Antonio Rodríguez, un escritor de la revista Siempre!, portugués especializado en Clemente Orozco. Era un personaje ese señor. Javier Arévalo, que había sido mi compañero en la Escuela de Artes Plásticas; Nizhizawa, Rafael Cauduro, fueron jurados. Cauduro llegó a ser muy amigo mío. Jorge Martínez, que nunca quiso ser jurado, me dijo: “Le voy a aceptar, arquitecto, por una vez, y no lo volveré a hacer; lo voy a hacer por usted”. Gabriel Flores inclusive me aceptó ser jurado una vez… en fin. Todo esto me dio mucho orgullo.
De entonces a la fecha han cambiado las cosas, porque levantas una piedra y sale un pintor; inclusive si caminas por estas calles y por otras ves que venden pinceles y pinturas por miles. Yo digo: “Todo el mundo pinta, o qué”. Digo, afortunadamente.
Han surgido buenos artistas, indudablemente, ha habido buena calidad, pero hay mucha... hay mucho accidente. ¿Cómo te diré? Hay pintores que saben pintar y te lo demuestran con su obra, y hay gente que… pues hace manchitas, y son bonitas y, bueno, está bien… pero pintores, pintores, yo creo que hay pocos consolidados con calidad, con migajón. Sí ha mejorado mucho porque todo ha crecido, ahora tienen más facilidad para exponer y salir, etcétera.
José Ángel Lizardo
Margarita Hernández Contreras
Luis Rico Chávez
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Rolando Revagliatti Argentina
Valentina Cantidiano Brasil
Rubén Hernández Hernández
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