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Zapatones

Haidé Daiban Argentina


Eran las once en punto. Como cada día a las once en punto, apareció el hombre.

Apareció es un decir, porque venía arrastrando sus zapatones con estrépito, para apostarse allí, a las once, hora en que ellos lo esperaban.

Cada mañana el viejo llegaba, primero su zapatón raspando el borde de la vereda, el cordón demasiado alto y el otro zapatón subiendo, siguiendo el arrastrar. Luego, tratar de pisar firme sobre las baldosas desiguales: una negra, una blanca, una negra. Teniendo cuidado con las deformaciones junto a los árboles, donde las raíces intentan escapar. Las trampas de cada vereda.

Su arrastrar era la clave, el llamado, la alarma y ellos corrían a su encuentro.

A las once de aquel día lluvioso, no faltó a la cita. El calor tampoco lo evanescía, ni la humedad, ni las huelgas.

Zapatones oscilantes, marcando con las huellas, a veces borrosas, las baldosas blancas, las baldosas negras…

El lugar estaba infestado de maullidos de esos gatos barcinos, negros, blancos. Se mezclaban los colores y tamaños. Se elongaban, pasaban entre los barrotes que separaban el jardín de la vereda. Se estiraban perezosos al sol y regaban todo con sus orines densos.

Ellos esperaban y a las once tenían su pequeño premio, a las once sonaba el chancleteo y el arrastrar cansino de zapatones que llamaban, llamaban a cada uno por su nombre. Allí, frente a la verja se detenían ajados, en desvencijado declive hacia afuera de sus tacones y entonces se extendía la mano tras la reja alta y negra. Era el maná.

Ellos eran el dios al que se debía rendir tributo: ojos transparentes, fosforescentes, ojos que ven más allá, penetran, saben, fascinan. Ellos reciben el don de las once como una ley milenaria, luego frotan su suave cuerpo contra los zapatones, tocan al agraciado, lo reconocen.

Se hace el trueque.

Nadie ose frenar ese vendaval que concurre la reja a las once en punto. Nadie pretenda interrumpir la ceremonia. Pasadas las once, allí deben quedar desechos y platillos, moscas y agua derramada. Son los testimonios de la ofrenda.

Los zapatones se alejan con sus tacos raídos, les falta lustre, se arrastran, es que son tan cómodos así, adaptados a esos pies cansados que van y vienen, suben y bajan. Alguna vez soportaron durante horas el cuerpo pesado del hombre, sus huesos grandes, osamenta de paquidermo bonachón y una magra figura que baila dentro de los abrigos.

Cada veinticuatro horas, ida y vuelta, ida y vuelta, recorriendo los quinientos metros que lo separan de las verjas, de sus amigos que lo festejan y esperan, lo acarician y él sabe muy bien, maúllan su nombre.

Quinientos metros, ni uno menos, multiplicados por trescientos sesenta y cinco días, sesenta minutos permaneciendo su dueño de pie. Los zapatones, entonces, llegan a su máximo ranking.

No eran los mismos, claro, pero aquellos zapatones, tan parecidos a estos, con su calado en la capellada, sus cordones bien tensos, rematados por el moño, sus zapatos lustrados, de taco de goma perfectos para pisar firme y soportar el cuerpón que provocaba miedo.

Bajo el pizarrón, sobre las tablas enceradas del piso, los zapatones iban y venían, subían la tarima y bajaban, recorrían el largo pasillo haciendo crujir las tablas más débiles, gastadas, y volvían por el sendero de costado para despertar a algún somnoliento. Por fin se detenían frente al pizarrón para recoger el polen de la tiza. Allí comenzaba el vaivén hasta que la llamada, la alarma, los alejaba definitivamente del lugar.

Junto a los zapatones, él veía siempre corretear, pisotear, saltar con leves elevaciones nerviosas, vitales, a los zapatitos de colores, lustrados unos, olvidados de atención otros y algunas zapatillas mal acordonadas.

Aquellos eran los años felices y las caricias no eran de cuerpitos mimosos, peludos, cálidos, más bien parecían manotazos de pequeñas fieras indómitas y excitadas.

Zapatones, zapatos, zapatitos, un ir y venir, un desandar, subir y bajar y seguir sobre los tablones, sobre el adoquín, sobre las veredas: una baldosa negra, una blanca, una negra…


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