I
La calle atornilla sus goznes. A lo lejos alguien canta, otro abre su única ventana.
Perros ladran operísticos. El sol convierte el mundo en una caldera.
¿Cómo deshago esta costra que anticipaba corrupción desde el principio, desde el incendio del Verbo?
El estío burla mis benévolas razones. Una parvada de pájaros dementes astilla el horizonte.
II
Close up al rostro de mi amada: flor ofendida por enjambre de acechanzas.
Habrá miel para quien limpie el alba.
Al paso de las sombras, tu vecino a la santa muerte ofrenda rezos.
Rasgan el viento intermitentes atabales de alto calibre. En altares de fuego se inmolan corazones a la guerra: piel y huesos se esparcen en la acera como benigna ración para las aves. El humo enmascara el horizonte.
Tú vuelves al refugio del insomnio, invocas el prodigio de la única salida.
El poderoso refuerza su armadura, guardan sus vísceras en olla forjada en acero, miedo y soberbia de pulido espejo.
El caballero ileso cuenta la aventura, la arcilla brota de sus belfos.
Es tiempo de mutaciones de mando: todos poseen el alfa omega.
Pero se sigue enhebrando una viscosa telaraña.
Monumentos se desploman para erigirse otros.
Mientras florecen campos en ojos de muchachas con pancartas.
Los que se encuentren aquí agobien el hálito de la esperanza.