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Abraza el viento

Andrés Guzmán Díaz


Yo lo veo casi todo, desde acá. Mi casco me cubre del sol; mis pantalones, aunque algo desgastados por la batalla, me sirven de camuflaje en la arena; mi camisa blanca está empolvada y sudorosa, lo que indica que he estado cumpliendo con mi deber; las medallas de honor tintinean y silban al compás del viento. Estoy agazapado, me oculto.

Es tu prueba final, me dice el teniente Botas. Sí, señor. ¿Recuerdas cuando vencí a las tropas de nuestro enemigo en un acto suicida? La patria perdura gracias a mí, remata. Yo sólo veo el horizonte, esperando. A veces siento comezón en las nalgas, como tierra que se cuela en los orificios de un pantalón roído. Sigo sudando. Cada gota es un lento minuto que transcurre sin que pueda hacer ningún movimiento. El teniente mira hacia otros lados, ya rápido, ya lento. Camina y sacude más el seco suelo y el sudor hace que se me adhiera a la piel. Tierra es la piel.

Veo, por fin, una silueta que tiembla a la distancia. El teniente toma su rifle con firmeza. No debes fallarme, dice. Con tanto polvo, me cuesta trabajo ver lo que se acerca, lento, zigzagueante. A veces pienso que es nuestro delirio por tantas horas a solas, pero el teniente es de acero, jamás se ha equivocado; si él lo ve, existe.

Toma, usa estos binoculares. Los ajusto y distingo un hombre… o quizá un muchacho… o quizá un niño que camina con trabajo. No viene hacia acá, sino que se dirige allá, donde los sueños se equivocan. ¿Lo dejamos pasar? Ya veremos, me contesta el teniente. ¿Sabes quién es? Por supuesto. Yo envidio su certeza; no tiene binoculares, carga muchos años encima, y siempre levanta la mirada para verme a los ojos y aun así tengo que resignarme a que lo sabe todo.

No acierto a decir si viene o si va. Tal vez va llorando. Se lleva de cuando en cuando las manos al rostro. Tiene calor, quizá. Está comiendo. ¿Por qué está solo? Viene de la costa porque veo su acento negro. O tal vez viene del sur, más allá de la mirada del teniente. Si lo escuchara hablar ni siquiera le entendería.

El teniente se acomoda junto a mí con el rifle en los brazos, mirando sólo con el ojo izquierdo encima del arma. Tiene 43 años, le digo. Es un bombero que lo perdió todo en un incendio: familia, mascota, casa… No tiene nada y va en busca de la muerte porque lleva en su pecho una herida. Un disparo.

La figura se detiene en seco y voltea a todos lados. Fue un trueno, el delirio. Se ha quedado quieto, dudando. Está parado sobre una soga y no está seguro cuál pie sigue, ¿el derecho adelante o el izquierdo atrás o viceversa? Está asustado; lo tiene donde lo quería.

El teniente carga y juro que escuché una maldición impronunciable mientras el casquillo se movía. El viento levanta más tierra. Su cabello ondea cual bandera bicolor. Tiene 70 años. Es el dueño de la compañía que compró medio territorio nuestro y después lo desecharon porque dijeron que se había vuelto loco, quería reparar el daño. Escapó ayer del asilo y cree que allá es su casa. Está parado en el portal, sin llamar ni acordarse de quién es. Segundo disparo.

Se mantiene, aferrado a la vida. Vacía sus bolsillos y entierra sus pertenencias. Esa tierra no es de nadie, nomás del viento. Al teniente le queda una bala. Está bastante molesto; ni siquiera me atrevo a mirarlo. Aún no atinas a decirme quién es, dice con los dientes apretados para no perder su rígida postura. Escarbó la arena y puso un trompo, señor. Es un niño. Tiene 9 años y no recuerda cómo es su padre porque escapó cuando supo que padecía de retraso mental. Se enlistó en el ejército, su padre, y jura que lo ve todos los días, siempre lejos. Tercer disparo. Perdóname, Jesús, susurra el teniente.

Decenas de personas salen debajo de la tierra y me abrazan. ¿Te pasó algo? Gritan y señalan. Se me cayó de las manos el teniente Botas en un instante. Un grupo de hombres se dirige a donde vi la silueta por última vez. Llegan tarde, como siempre. El sepulcro no es de nadie, nomás del viento.


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