Logo

Peripecia

¿Qué hacemos con el espectador
de trasero inquieto?

Jorge Fábregas

Aquí estás, en plena función, no te conozco, te voy a bautizar como Francisco Hernández. No voy a cambiar de asiento, decido que permaneceré donde estoy para ver el montaje, pero, principalmente, para estudiarte y tratar de comprenderte.

¿Te trajeron contra tu voluntad? Tal vez había algunos boletos que le sobraron a la tía, y justo en ese momento pasabas por ahí, y te tocó ser el buen sobrino: trajiste a la tía y a la abuelita al teatro y como recompensa te dieron uno de los boletos.

Masajeas tu nuca, te rascas comezones inexistentes; uñas en orejas, brazos, cabeza, nuevamente en la nuca. Le haces gritar a tu piel que no quiere estar aquí y ella reacciona con ese rash ansioso.

Sacas tu teléfono por quinta vez: no, nadie te está llamando y no tienes ningún mensaje. Una vuelta más por el face, parece que no hay nada interesante. Suspiras, buscas la mejor posición para tu trasero, ahora lo despegas un poco del respaldo. Algo tiene el asiento en el que estás, porque no te conforta. ¿O será tu trasero? ¿O serás todo tú que de plano no comprendes qué haces en una sala de teatro?

¿Qué hacemos con Francisco Hernández? A veces me gustaría llegar hasta él para liberarlo de su tortura, decirle al oído con tono paternal que está bien que se vaya, que nadie quiere que permanezca contra su voluntad en el teatro; después, darle una palmadita en la espalda y conducirlo a la salida.

También, según la teoría de la recepción, podríamos intentar comprender a Panchito, preguntarle quién es, en qué trabaja, qué nivel de estudios tiene, cuánto gana, qué tipo de entretenimiento le gusta, y que explique cómo es que su trasero cayó en el teatro.

Otro camino sería aplicarle la dramaturgia del espectador y como Umberto Eco, citado por Sanchís Sinisterra, tratar a Francisco como un puño de arena denso que no pasa por nuestro cedazo fino, así que lo descartamos, si no entras al juego que estoy proponiendo, no hay nada que hacer por ti. No hacemos teatro para ti y punto.

Podríamos también intentar conquistarlo con todo tipo de atenciones, limpiar de nuestra puesta todo polvo complicado de lenguaje, matar a las alimañas de los giros originales, de la búsqueda, nada de tramas profundas que lo hagan pensar; no subir a las tablas actores feos o chaparros, quitarle de su vista a las actrices pasadas de peso, reducir la escena a un bonito programa de Televisa. ¿Qué tal si pagamos los derechos de Vaselina?

¿Tiene la culpa del sufrimiento de Francisco tanto teatro muerto —como diría Peter Brook— que desfila y ha desfilado en la cartelera? ¿Francisco no es capaz de perdonar que una o dos veces le tocó presenciar teatro anacrónico? ¿Ya no puede darse otra oportunidad a sí mismo para intentar que aquello que está en escena lo conquiste como una serie de HBO, o una semifinal de futbol, o un concierto de la Arrolladora?

¿Por qué parece que a los que más les gusta el teatro es a los que hacen teatro? ¿Padecemos el efecto del enamoramiento a nuestro arte y por eso no somos realistas como para admitir que el teatro es feo y aburrido?

¿Por qué los Francisco Hernández salen de la función con cara de haber viajado ocho horas en un autobús sin televisión?

Tal vez ya perdimos definitivamente a Francisco.

Tal vez lo alejamos haciendo el mismo teatrito de algunos de nuestros maestros.

Tal vez seguimos confundidos entre hacer arte o espectáculo.

Tal vez nos faltó el deseo y el compromiso del que siempre habla Mauricio Kartun.

Tal vez podemos dejar que se equivoque algunas veces más y que pague su entrada.

Tal vez lo mejor sea resignarnos a volver la mirada solo a los niños y a los jóvenes, o a quien nos soporte, aunque solo sean 40 personas los que habiten nuestro foro.

Tal vez nos haremos más pequeños haciendo concesiones en nuestro trabajo para tipos como Francisco, tal vez apresuraremos la condena de muerte tantas veces cantada de nuestro arte si llevamos a escena lo que a Francisco lo mantendría más o menos atento.

¿Por qué y para quién hacemos teatro?

¿Por arte? ¿Por negocio? ¿Para Francisco?

¿Nos empequeñecemos aún más y salimos al paso con montajes apresurados, porque, de plano, somos un caso perdido?

¿O mejor representamos en escena lo que nos grita nuestra entraña y nuestro seso que debemos representar con lo mejor de nuestras habilidades y sensibilidades?

Continúas masajeándote la nuca, Francisco, viendo tu celular y moviéndote como si tu trasero estuviera escaneando la butaca.

Tal vez ya no regreses… mejor, ¿mejor?


Jumb16

Los precarios objetos

Rubén Hernández Hernández


Jumb17

Encadenados

Lina Caffarello Argentina


Jumb18

Ovación y vuelta al ruedo

Eva María Medina España