Nos han confundido con el diluvio. Habíamos creído que al abrir las manos atraparíamos diamantes, que al expandir nuestras pieles tomaríamos todo lo que pudiera salvarnos y brillar en nuestras vidas. Pensábamos que todo esto tenía algún valor… son tan hermosos. Se mueven y se reflejan en las azoteas. Por eso expandí mi piel, para tomar diamantes bajo la lluvia.
Pero nos hemos confundido, porque el reflejo dura poco, y al final nos quedan sólo unos cuantos pedazos de vidrio, que abren los hilos, que buscan un lugar más carnoso.
La lluvia cae sobre mi cabeza. Me crecieron montañas y de nuevo la confusión me dice que aquí, arriba de esta piedra, puedo ser más que un recolector de arena, que no saldrá volando una vez que esté seca.
Creo tocar el cielo, creo encerrar el aire. Colecciono mariposas pensando que querrán quedarse para siempre. Pero aquí, arriba de esta pequeña piedra, me he creído dueño del mundo, como si mis párpados adelgazaran, como si no estuviera ciego.
Me caigo de la piedra, y la sensibilidad se burla, se me desbaratan las rodillas escarlatas. Me oculto, me come la vergüenza.
Algodón y aguja. Pasan desapercibidos los puntos hasta que, de punto en punto, se abre cada montaña, y la hendidura es profunda, y los vidrios juntan la piel punzante.
A aquel al que encontraron las sirenas tuvo tiempo de ser rescatado, mientras que a mí, apenas se me iba pintando el algodón en cada una de mis visitas. Los vidrios habitaron las montañas.
He caído de la piedra, dándome cuenta de que soy un cobarde, así que me escondo. Por qué creí que podría secuestrar un poco de aire, que querrían quedarse las mariposas.
Ya no quiero ser parte de esta estúpida piedra que se cree diamante, que me hace a mí creerme un pedazo de primavera. Me bajo con las rodillas rotas, para esconderme, echarme tierra en el pecho, pues muero de vergüenza. Cuando el verde crezca, podrán quedarse abajo, bajo tierra, mis mejillas pintadas.
Y aunque muero de vergüenza, he decidido secuestrar el aire.