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Mala suerte

Manuel Correa Castañeda


Hay personas que tienen mucha suerte; se dice que nacieron con estrella, que los astros se alinearon a su favor el día que vinieron al mundo. Pero hay casos en los que parece ocurrir lo contrario. Lo que voy a relatar a continuación trata de un amigo al que dejé de ver hace años y a quien le perdí completamente la pista. Lo apodaban “El Malasuerte”. Por desgracia, no es un caso único; he conocido otros parecidos. Uno de ellos me llamó mucho la atención y voy a contar una pequeña anécdota. Después relataré algunas vivencias con el buen “Malasuerte”.

Una mañana cualquiera en la escuela donde trabajo, estábamos en una junta en un espacio conocido como Colegio de Enseñanza. En un momento, el profesor Elías Amézquita se levantó y dijo que hacía mucho calor, que iba a abrir las celosías de las ventanas. Tiró de la palanca y se abrió la primera; entró algo de aire fresco. Siguió con la segunda y, al abrir la tercera, una de las láminas de cristal se desprendió y cayó hacia afuera. Estábamos en el primer piso, así que esperábamos escuchar el clásico sonido del vidrio rompiéndose contra el piso de la planta baja. Pero sonó algo diferente. Salimos corriendo para ver dónde había caído. Dimos la vuelta al edificio y, en cuestión de segundos, llegamos al lugar. Con sorpresa vimos que la celosía había golpeado en plena frente a un alumno, quien estaba tirado en el suelo y sangrando por el golpe. Tardamos en reanimarlo y, cuando reaccionó, dijo muy convencido:

—Tranquilos, no se preocupen, esto no es culpa de nadie. Así soy yo, simplemente tengo mala suerte y a donde quiera que voy siempre me pasa algo.

Me impresionaron mucho los sucesos que nos relató. Eran de verdad historias de mala suerte. Este joven, a sus escasos 13 años, había vivido una serie de golpes y agresiones del destino que una persona normal jamás experimentaría en toda una vida. Al final se le curó la herida, el joven continuó con su vida de infortunios y nosotros con la nuestra. Pero siempre lo recordaré como uno de esos seres excepcionales que sufren los golpes de la vida, pero los enfrentan con estoicismo.

Volviendo a “El Malasuerte”, lo conocí trabajando en la misma escuela: la Preparatoria 7. En ese tiempo yo aún era alumno y al mismo tiempo trabajaba como voluntario en mis horas libres. Su nombre era José Luis Vázquez, oriundo del pueblo de Santa Ana, localidad perteneciente a Acatlán de Juárez, Jalisco. Llegó a la escuela para apoyar a José Sánchez, responsable del área de cómputo. En realidad, dicho departamento era un precario espacio con sólo tres computadoras, pero en ese tiempo eran las únicas en toda la dependencia. Pepe Sánchez sabía muy poco del uso y manejo de ordenadores; “El Malasuerte”, aún menos. Así que, por azares del destino, fui yo quien empezó a enseñarles a usarlas.

Constantemente, “El Malasuerte” dañaba archivos y hasta las computadoras por mal uso o… por su mala estrella. En otras ocasiones rayaba en la inexperiencia o simplemente hacía tonterías, ya que nunca fue muy brillante. A inicios de la década de los noventa surgió un virus informático llamado Michelangelo, programado para sobrescribir los cien primeros sectores del disco duro. En otras palabras, destruía los archivos de la computadora. Lo que lo hacía diferente era que permanecía inactivo hasta su fecha de activación: el 6 de marzo (coincidiendo con el nacimiento del artista renacentista Miguel Ángel Buonarroti, de ahí su nombre). Meses antes se creó una verdadera psicosis porque no existía una forma sencilla de erradicarlo ni de saber si una máquina estaba infectada.

En los días previos, investigando, encontré una solución práctica: adelantar el reloj interno de las computadoras una semana. Así, una vez pasado el 6 de marzo, las regresábamos a la fecha correcta. Llegué al laboratorio y les dije:

—Hay que adelantarlas una semana.

Cada uno tomó una computadora y procedimos. Pero “El Malasuerte”, creyéndose más listo, en lugar de adelantar la fecha, la atrasó una semana (con la intención de corregirla después). Llegó el 6 de marzo y nada pasó en los equipos de la Prepa. Pero una semana después se borró por completo la computadora de “El Malasuerte”. Tiempo después nos enteramos de su error: confiaba demasiado en su memoria… y la verdad no era la más brillante.

En esas mismas fechas, la prepa participaba en muchos eventos extramuros: marchas, manifestaciones, plantones, pero también en actividades de apoyo a la ciudad y comunidades aledañas, como saneamiento del bosque de La Primavera y la ribera de Chapala, reforestación de bosques como El Centinela y La Primavera, protección de la tortuga marina y otros más. La preparatoria se volcaba en pro de causas filantrópicas. El director era bastante mediático, le gustaban los reflectores y, a nosotros, nos gustaba apoyarlo en sus cruzadas por causas justas.

Había un grupo de ecólogos —junto con los de cómputo y audiovisuales— al que el director siempre convocaba para estos eventos. La prepa se caracterizaba por su espíritu ecológico y la comunidad de Guadalajara y alrededores sabía que, ante cualquier causa por defender, ahí estaría la Prepa 7.

Otra peripecia de “El Malasuerte” (que me contaron) ocurrió en uno de los primeros viajes de protección a la tortuga marina, cerca de Tomatlán. Andaban por unos riscos juntando caracoles y conchas. Un habitante local se acercó y advirtió:

—Tengan cuidado, ya es tarde y en unos minutos subirá la marea; es peligroso andar por estos riscos. Vayan a la playa, que es más seguro.

Todos comenzaron a llamarse a gritos porque estaban muy dispersos. En minutos bajaron de los riscos… menos “El Malasuerte”, que nunca escuchó. Pasado un rato se dieron cuenta de que no regresaba y fueron por él. Lo encontraron entre las rocas: una ola fuerte lo había arrastrado. Lo recogieron todo ensangrentado y desmayado. Los jirones de la playera se mezclaban con la sangre que manaba por todos lados. Tuvieron que regresar a la ciudad para curarlo y estuvo mal por semanas.

Otra de sus hazañas ocurrió en un viaje también a la protección de la tortuga. Viajamos en un camión rentado. Desde antes de subir, “El Malasuerte” comenzó a pretender a una compañera que apenas se había hecho su novia. El viaje duraba entre 8 y 10 horas hasta el estero de Majahua, muy cerca de Tomatlán. Viajamos toda la noche y él se sentó al lado de la chica, bajándole el cielo y las estrellas: le prometió matrimonio, presentarla a sus padres, tener muchos hijos… tantas cosas que ya ni recuerdo. Pero al llegar a Majahua, la dama desapareció de su lado.

El área donde desovan las tortugas abarca varios kilómetros. Los traficantes de huevos de caguama roban los nidos y nuestra labor como voluntarios consistía vigilar de noche, marcar los lugares donde ponían huevos y, por la mañana, desenterrarlos para llevarlos a un sitio seguro para la eclosión. Los campamentos estaban distribuidos a lo largo de la playa, separados por kilómetros. Su “novia” simplemente se fue a otro campamento.

Tras días de trabajo, “El Malasuerte” se puso a tomar cerveza con unos amigos. Acordándose de la ingrata que lo había abandonado, se emborrachó. En la madrugada decidió caminar de un campamento a otro. La noche era especialmente oscura. Tambaleándose en la penumbra, no vio un hoyo dejado por una tortuga en la arena. Cayó dentro y, en la confusión, escuchó gritos y recriminaciones de alguien que estaba ahí. De pronto se oyó un ruido como de relámpago y el área se iluminó: vio a la causa de sus infortunios, su otrora novia, teniendo relaciones sexuales con “El Cheves”, un tipo con quien rivalizaba. El otro, molesto, le dijo a la mujer:

—¿Te hizo algo este cabrón? —y le llovieron golpes por todos lados. En ese momento empezó a llover.

Platican que llegó llorando, desvelado, ojeroso, golpeado, con la ropa rasgada y empapado, pero ya completamente sobrio. Lo que más le dolía era haber descubierto al amor de su vida entregándose a la pasión con su némesis.


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