Deben ser mis nervios, ahora que vivo completamente sola. Seguramente es eso. Ideas mías. Sugestión, falta de sueño encontrando patrones donde no los hay, pareidolias, alucinaciones. Sí, es eso solamente.
¿Pero… y los llantos ahogados? Algún gato. Como cuando de niña los oía afuera de casa, me asomaba por la ventana esperando ver un bebé abandonado, llorando. Un nenuco para jugar a la mamá, darle biberón y cambiarle pañal.
Entonces sí quería ser mamá, quizá porque lo veía muy lejano, porque no sabía lo que implicaba. Ingenuidad infantil y nada más.
Sí, los llantos que salen del baño deben ser de un gato, aunque no haya visto a ninguno en la cuadra. Y las manitas marcadas en el retrete, pura suciedad acumulada, manchas de popó quizá, mugrosos patrones que por cansancio asocié con manitas, pero no, no pueden ser.
¿Las mojadas pisaditas que van del retrete hasta mi cama? Indudablemente son charcos de goteras. No es tiempo de lluvias, y no hay rastros de humedad en casa, pero no puede ser otra cosa.
Es eso, ideas mías, alucinaciones por falta de descanso, no he dormido bien desde que tiré el producto al retrete. Pobre, apenas tres meses de nacido…
Tendido frente a mí, yace panza arriba, con sus dedos hinchados, entrelazados, sus uñas azuladas, ojos cerrados y mueca inexpresiva.
Flamitas en vasos de cristal tiznado bailan bajo un crucifijo que rompe el ecosistema de adobe. Lo veo inerte.
Moscas panteoneras se meten por su nariz, acariciándole los labios en una danza fúnebre que nunca lo despierta.
Estamos solos. Tengo ganas de decirle muchas cosas, pero no tiene caso. Me dan hartos deseos de estrujarlo, cachetearlo, pero pa’ qué.
Me acuerdo cuando más niña, empecé a acompañarlo a fuerzas al pantión pa’ ayudarle a exhumar difuntos.
Dizque pa’ hacerme valiente, pienso que más bien, desde que desenterró a mi ma’, le sacó a irse solito, nunca le importó mi miedo.
Desde entonces se hizo chiquitito, ya no se sabía quién cuidaba a quién.
Y ahí está ahorita, tendido, con las manos cruzadas, ojos cerrados y narices llenas de moscas.
Desde la ventana, el atardecer espolvorea su canela incendiaria en los adobes del pequeño cuarto. Suenan campanas en la iglesia del pantión. Papá abre sus ojos, se espanta las moscas con sus dedos hinchados de uñas azules y apaga las veladoras.
—Ámonos, ¿no dormistes?
—No apá, luego sueño difuntos.