En cierta ocasión, durante una plática con mis colegas maestros que giraba en torno a los viajes, los lugares que nos gustaría visitar y los puntos específicos por conocer, todos se burlaron de mí cuando mencioné el Museo Nacional de Antropología e Historia (omito los espacios a que ellos se refirieron).
Después de muchos años tuve la oportunidad de conocer la vieja Ciudad de los Palacios. Me sentí provinciano (pese a mis correrías por el viejo continente; ya todo es viejo para mí) y deploré que mi Ciudad de las Rosas no brindara las oportunidades para admirar nuestro pasado, para ahondar en el conocimiento de nuestra historia y nuestra cultura milenaria como podemos hacerlo en la otrora capital mexicana.
Me sentí como niño en juguetería en el museo, y con la impotencia de recorrer con calma sus salas. Siempre ocurre, en estos viajes, que el tiempo es limitado y las actividades inabarcables.

Me perdí también en otros espacios que me depararon horas de placer intelectual. En estas líneas hablaré brevemente de mi visita a la Gran Pirámide de Tenochtitlan, y en particular de mi recorrido por las ocho salas del Museo del Templo Mayor.
Bibliófilo y chismoso como soy, busqué un libro que me sirviera de guía, pero sólo encontré una especie de folleto de poco menos de 50 páginas que, la verdad, mucho no me ayudo. De cualquier manera, ahí encuentro la siguiente información:
“El museo abrió sus puertas en 1987 para dar a conocer los hallazgos arqueológicos de los principales edificios del Recinto Sagrado de Tenochtitlan. El museo, cuyo diseño trazó el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, simula de cierta forma el Templo Mayor; cuenta con ocho salas y un vestíbulo para exposiciones temporales” .1 Estas son las ocho salas:
Aun recorriendo las salas con las prisas que definen la vida de nuestros días, el pasado se impone con toda su grandeza. Y uno no deja de pensar en la estulticia de los europeos a su arribo a estas tierras en las postrimerías del siglo XV. No concibo esa ceguera que los llevó a arrasar una cultura tan refinada.
Por fortuna, lo poco que se salvó nos permite asomarnos a las alturas artísticas que alcanzaron los pueblos originarios. Y qué decir de los afanes de los investigadores que, con su amor y su profesionalismo, han ido sacando a la luz obras imponentes como la Coyolxauhqui o el monolito de Tlaltecuhtli, por mencionar los más significativos.
La reproducción del Tzompantli (los cráneos exhibidos en un muro), las esculturas de Mictlantecuhtli (dios de la Muerte), del dios murciélago y tantas otras de las que difícilmente podemos sustraernos a su hechizo.
Los detalles, el esmero artístico puesto en tantas otras completan el grato sabor que deja este recorrido. Qué se puede decir sino agradecer por la oportunidad de asomarnos a la grandeza de nuestras raíces. No sólo es arte, se trata también de cultura, de historia, de un pasado que nos define y moldea nuestro presente y establece la ruta de nuestro futuro.
1 Templo Mayor de Tenochtitlan. Imperio mexica, recinto sagrado, museo. Monclem Ediciones. México: 2003.