Novela por entregas
Entre cortinas de polvo arribaron la policía y los paramédicos, y a ellos pronto se les unió una muchedumbre de curiosos. Las preguntas se contaban por montones; todos querían saber lo que le sucedió al tren, a la tripulación y a los pasajeros, pero no había una sola respuesta concreta.
Un médico, provisto de guantes de cirujano, avanzó hasta donde yacía Petrov, le auscultó el corazón, luego le abrió la boca con un abatelenguas; con sólo ver la cavidad oral dedujo que el inspector tuvo una muerte súbita al ingerir una sobredosis de fármacos.
Entre aquella revoltura de caras confundidas y aquel llanto de ambulancias estaba Führer, sentado, jadeante, cuidando a su amo.
Todo era un caos. Los agentes y peritos, exigidos por el tiempo, intentaban desenredar la maraña haciendo las investigaciones pertinentes que ordena el protocolo. Interrogaron a los empleados que habían expedido los boletos a los desventurados pasajeros, así como al personal de seguridad que esa mañana estuvo de turno. Revisaron la lista de la tripulación del tren, los antecedentes y profesión de cada uno de los integrantes, pero todo eso no arrojó una luz que los llevara a una pista; sólo tenían dos cabos sueltos: la llamada anónima proveniente de un celular que únicamente señaló la estación, y el recado escueto que Petrov dejó en la bolsa de su pantalón. En su desesperación los agentes de inteligencia miraron a lo lejos en busca del guardavías. Querían preguntarle si había visto pasar un tren vacío a gran velocidad que repentinamente salió de la estación sin estar programado. Ningún rastro lograron los agentes, lo único que alcanzaban a ver era a los transeúntes de la niebla que invadían los rieles.
Entre tanto Smith, que conducía el tren a máxima velocidad, se dio cuenta de que ya había atravesado Francia y pronto estaría en territorio español. En efecto, su semblante se llenó de luz tibia de la mañana al divisar el monte Igueldo, que se encuentra al oeste de la ciudad de San Sebastián con sus 181 metros sobre el nivel del mar. No es que Smith padezca el síndrome de Korsakoff, pero al pasar por Medina del Campo se le antojó un Ribera del Duero, que degustaría en el castillo de La Mota si no llevara prisa por llegar al acantilado de Herbeira.
Cuando pasó por Sevilla se le ocurrió un disparate: pensó que, dado el vuelo que llevaba la máquina de acero, bien podría brincar el Charco y parar en las murallas del infierno en Tenerife. Ante tamaña incoherencia su cerebro le corrigió el dislate diciéndole que debía tomar agua y comer algo nutritivo para que atenuara el hambre y discurriera mejor, pues hacía casi dos días que no probaba alimento.
Smith obedeció las órdenes de su memoria. Puso el piloto automático. Fue a la cocina y se abasteció de una enorme pizza deliciosa, entró al coche-restaurante y sustrajo de la cava una botella de Courvoisier. Regresó a la cabina y convirtió una parte del reducido espacio en una mesa reservada para él solo. Comió y bebió como un glotón. Luego eructó, señal de que el tanque de su estómago estaba hasta el tope.
Aquella pesadez de masa con ingredientes a la italiana hizo que el veterano de guerra echara atrás su espalda buscando el respaldo de la silla; estiró las piernas y encendió un puro; en cada fumada fabricaba anillos de humo que rápido se deshacían al chocar contra el vidrio de la ventanilla, como si con ello diera a entender lo efímero de la vida. Todavía no hay espejo que injerte, de cuerpo entero, la eterna juventud y el narcisismo de un Dorian Gray.
En esos momentos, Smith también era un niño que se extasiaba viendo correr el paisaje. Para él, la serranía era una interminable camada de canguros dando saltos sobre los ríos.
Transcurrido un tiempo, el exmilitar volvió a tomar el control de mando. El continuo revolotear de gaviotas con sus lances de pesca, el olor salado de la costa y esa brisa anfitriona que da la bienvenida con sus labios húmedos, era señal de que estaban a la vista el cabo Ortega y La Coruña, así que sólo era cuestión de minutos para arribar al acantilado de Herbeira con sus 613 metros sobre el nivel del mar.
Smith disminuyó la velocidad del tren. No quería perder ningún detalle acerca de la acuarela marina que tenía ante sus ojos.
Fue al baño, y cuando regresaba trastabilló golpeándose fuertemente la cabeza, justo en el hipocampo, que se localiza en el interior de la parte media del lóbulo temporal. Pareciera que, a raíz del golpe, perdió contacto con el mundo exterior. En ese instante sintió que la galaxia de su cerebro quedaba a oscuras, como si alguien hubiera cortado todos los circuitos: sus pensamientos dejaron de transitar por las carreteras que antes eran fluidas. Sentía que su mente era una madeja revuelta de ideas sin conexión. Las películas de sus recuerdos que por años había guardado como un tesoro se borraron, como quien apaga para siempre las imágenes de un televisor.
Más por reflejos autómatas que por capacidad cognitiva, Smith logró incorporarse; con pasos de robot se dirigió a la cabina y detuvo el tren. Al ver las aves marinas empezó a tener alucinaciones; las envidió por su plumaje y su vuelo en picada, luego se desnudó, porque consideraba que la ropa era un lastre y le estorbaba para volar. Abrió la puerta de emergencia, extendió los brazos, agitó sus manos como si fueran alas y se lanzó al vacío.
Entonces los pájaros negros, que nunca habían abandonado la cubierta del tren, se abalanzaron sobre Smith.
El cuerpo inerte del soldado de élite quedó estampado en un risco del imponente acantilado. Entonces la legión de córvidos aterrizó sobre él haciendo bocadillos su carne que, curiosamente, no devoraron. ¿Será por higiene ancestral, o porque su instinto no se los permite...? pues tienen la creencia de que si por el pico entra un trozo de pecado, así sea el más pequeño, éste no sólo mancha el cuerpo, sino también el espíritu.
Por eso a un graznido del Gran Cuervo todos alzaron el vuelo llevando en su pico la carnicería, que luego enterraron en las aguas salinas del mar Muerto, para que Smith purgara sus penas.
Enseguida la parvada de paseriformes fue a bañarse al río Jordán. Allí se purificaron, pues siempre han cuidado que la primitiva oscuridad de su plumaje vuelva a relucir tan pulcra como el alma de una paloma blanca.
No sé si los trenes tengan memoria o sentido de orientación. Siempre regresan a la estación de partida.
Son las 5:00 A. M. Los faros escrutadores de la locomotora no cesan de encharcar de luz la sala de espera, esta vez atiborrada de extraños pasajeros dotados de un ojo cronológico en la frente, cuyas manecillas marcan las seis en punto.
Smith había interiorizado tanto en las cavernas rodantes del destino, que, antes de morir, dejó escritas con grafiti estas frases: Todos nacemos con implante de tren. Siempre estamos en movimiento sobre la vía cotidiana. Somos cautivos del tiempo en línea.
Al final solamente somos un ave fantasma que levita sobre los rieles.