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Cuentaditos

Aarón Moya Pérez


Limones en la ventana

Perla recuerda desde su lúgubre rincón acolchonado los inmaduros y amargos frutos del limonero, estrellándose como proyectiles cargados de impaciencia contra el cristal de la ventana; reclamando con violencia que se le hizo tarde para ver a Raúl.

Añora sentir de nuevo esa presión; temblorina que la llevaba a desenredar su cabello con desesperados estirones que extirpaban los chinos desde la raíz.

Saca del buró metálico su collar de bolitas verdes. Lo coloca junto al frasco de pastillas, sobre un libro de Amparo Dávila. Viaja a una difusa época de emociones prenupciales.

Si Raúl no se hubiera colgado en el limonero, frente a su ventana, probablemente estarían casados.

La culpa la azota como pequeños limones amargos. Si no hubiera tardado tanto. Si no hubiera ignorado los gemidos guturales provenientes de aquel árbol lleno de amargura, quizá, todo sería distinto.

Lleva el luto bajo la bata verde. Rechina sus resquebrajados dientes. Riachuelos de sudor salado le refrescan su amoratada piel.

Cree escuchar limones fantasmales golpeando la ventana. El enfermero de fragancia cítrica entra a la blanca habitación. Hora de más pastillas.

Raúl, limonero y ventana, vuelven al mundo onírico y quijotesco que se disfraza de recuerdos.


Madrugada sin ladridos

¿A qué ladrarán los perros en la madrugada?

Siempre me costó dormir de corrido, despertaba a las tres de la mañana. Dicen que por el cortisol, whiskey, la vejiga llena, o hasta el diablo.

Apenas despertaba, respetuosos de mi escaso sueño, los perros comenzaban su concierto de fúricos ladridos.

¿Cuánta ficción habrá en Insolación, de Quiroga? Donde los perros pueden ver a la muerte y le ladran para repelerla sin éxito.

Eso pensaba mientras Julia acechaba desde el techo, en su telaraña, como espada de Damocles.

Julia, araña errante brasileña que su exesposa le obsequió, era ya mi única compañía.

Me acabé acostumbrando a los ladridos, pero tres noches, se volvieron aullidos dolorosos que precedieron al silencio sepulcral.

La primera, la recuerdo porque al día siguiente Nacho, el de la ladrillera, recién dejado, amaneció tieso, colgado de una viga.

La segunda noche que callaron los ladridos Juanito, de dos años, murió ahogado en un aljibe abierto, mientras Martita regaba las plantas. Más tarde, murió Martita también.

La tercera, los ladridos aterrorizados me despertaron por primera vez.

Julia había desaparecido. Los perros callaron, sentí un pinchazo.

Concilié rápido el sueño, sin whiskey ni clonazepam. Nunca más escuché ladridos.


Jumb12

Andrés

Manuel Correa Castañeda


Jumb13

Jacinta

Haidé Daiban Argentina