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Cuento inédito

Luis Rico Chávez

A la memoria de
José María Pulido Valdovinos

La última imagen que conservo es la de su sonrisa. Nos cruzamos por la calle de Coronel Calderón, cerca de mi casa, por el rumbo del Hospital Civil Viejo. Esto ocurrió hace apenas unas semanas. Y esa imagen es la que recuerdo desde aquel lejano 88, cuando comenzó nuestra amistad, que iría más allá de la cordialidad y de una relación cercana. Compañeros en la carrera de Letras primero, y después cómplices en incontables jornadas en El Occidental y finalmente en su blog Fuera de juicio, siempre nos unió algo más que la relación profesional o la afinidad en diversos aspectos vitales de la existencia.

Cuando se comparte una amistad de esta naturaleza los números no importan (¿cuántas veces nos reunimos, en cuántos lugares?) sino la calidad y la calidez de los encuentros. Esta imagen coincide con la de todos los que lo conocieron: un hombre de sonrisa fácil, transparente, directo, cordial. Esos encuentros siempre estaban presididos por su charla chispeante, amena, ingeniosa, por la anécdota salpimentada de humor y una habilidad narrativa difícil de igualar, espontánea, natural, honesta. Qué dolor que esos momentos memorables no se puedan revivir.

Compartimos la vida, los momentos íntimos que solo son posibles en una honesta amistad, las confidencias, los anhelos, la observación aguda y penetrante de la existencia que compartimos, cada uno en su ámbito profesional, coincidente en más de un punto: yo más enfocado a la docencia, a las publicaciones de carácter académico, él en el periodismo de carácter político (aunque me tocó ser testigo de sus orígenes como reportero de la sección deportiva de El Sol de Guadalajara).

En esas coincidencias, en un acto de generosidad que siempre le agradeceré, nos encontramos en cierta ocasión afuera de las instalaciones de la televisora de cuyos noticiarios fuera jefe de información. Luego de los efusivos saludos tras algunos meses de no coincidir y de arreglar de manera expedita el asunto que nos reunía, observó el libro que leía en ese momento (me parece que se trataba de Una letra femenina azul pálido del alemán Franz Werfel) y suspiró. “Qué envidia te tengo”, dijo con sinceridad. “Siempre que te veo traes un libro nuevo. Me gustaría tener tiempo para leer todo lo que tengo atrasado, más los libros que se me van acumulando”. Esto nos trajo a la memoria el recuerdo de otro amigo entrañable, ávido lector y con quien en algún momento formamos un improvisado círculo de lectores en el que compartíamos libros y autores: Héctor Morquecho Ibarra, fallecido por aquellos días.

Y si él se lamentaba por los libros que no había leído, en este momento yo me lamento por las historias de ficción que no escribió. Prolífico periodista, estoy seguro que en el momento en que su incansable labor le hubiera dado un respiro —quizá en sus años de jubilación— se habría dedicado a recuperar esas anécdotas que solo compartía con los amigos, o a fabular a partir de la fuente inagotable de experiencias de su andar por el mundo y su encuentro con tantas personalidades.

A Margarita Hernández y a mí nos tocó el privilegio de escuchar su primera (¿la única?) historia de ficción. Cursaba el tercer semestre de la carrera de Letras. Llegó a la redacción de El Occidental, a sacarnos del embotamiento que implicaba pasar horas corrigiendo publicidad. Nos contó, indignado todavía, sobre un incidente enojoso que había padecido con el chofer del camión que lo había traído hasta el periódico. Para desahogar su ira, y como una especie de venganza literaria, escribió un cuento en el trayecto. Margarita y yo lo escuchamos con atención, cada vez más involucrados en la trama, dejándonos llevar por la seducción de las palabras. Alabamos su historia, y lo exhortamos a que la publicara. Él, que a pesar del desahogo guardaba aún la intensidad de la emoción, contestó con un rotundo no y enseguida rompió la hoja donde había escrito el cuento. Ahora los indignados fuimos nosotros, y por más que le rogamos que lo reescribiera, se negó y se puso a trabajar. No nos quedó más remedio que continuar la labor interrumpida. En este momento, por supuesto, deploro no tener el cuento para publicarlo. Qué lástima, repito de nuevo con indignación, que ese cuento se quedará inédito para toda la eternidad.


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