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Aniversario

Teresa Figueroa Damián

Caballo viejo no puede
perder la flor que le dan
porque después de esta vida
no hay otra oportunidad.
Canción Caballo viejo de Simón Díaz

En algún lado leí que la vida es un paréntesis entre dos nadas. Me gusta la frase. No es cuestión de filosofía o de prácticas religiosas, es cuestión de gusto, nada más. Me parece bonito que cuando el cuerpo se acabe con él acabe toda presencia. Para mí es grato creer que la muerte me volverá a la tierra, que el ciclo se cerrará con mis humedades y mis grasas formando parte del humus nutricio. Armando sabe que cuando mi vida se consuma quiero que el cuerpo vaya sin cobijo al huerto del rancho o como último destino a una maceta.

Cuando mi padre cuelga la bocina del teléfono, me mira con aire confuso.

—Era una llamada del Banco de México —dice con voz ronca—. Buscaban a tu mamá. Dicen que olvidó firmar un recibo.

—Errores que comete la burocracia bancaria —contesto mientras sonrío ante la broma involuntaria.

—Dicen que ayer fue a comprar dos centenarios, que dijo que los quería para obsequiármelos en nuestro aniversario.

Además de ronca la voz trastrabilla de ansiedad.

―Dijeron que platicó mucho, así como ella acostumbra y que el guardia de seguridad la acompañó a tomar un taxi… como la vio tan viejita...

—No te preocupes ―contesto―. ¿Cómo supieron de nuestro teléfono? —digo ya sin sonreír.

—Lo tomaron de los datos del recibo que faltó firmar.

—Errores del banco —repito sin mucha convicción.

Mamá falleció hace dos años.

El letrero parece un insulto cargado de ironía, ¿qué les voy a perdonar? ¿Todas las molestias que me causa la obra? ¿La mala cara de Carlos porque llego tan tarde? ¿El descuento en el bono de puntualidad? ¿Las desmañanadas? ¿Los insomnios? ¿Las continuas llamadas de mi padre porque le duele la cabeza, la espalda, la vida? Mientras me dirijo a la oficina la ira burbujea en un caldo espeso que hierve en mi pecho. Parece que junto con las obras viales llegaron todas las fatalidades: nombraron gerente a Carlos, mi padre se mudó a mi casa, Armando consiguió su beca en Argentina. Tomé las rutas alternas. ¿Tengo alguna ruta alterna que no incluya esta frustración?

La casa de mis padres es espaciosa, fresca, los retratos de las bodas y los bautizos de los nietos cuelgan en las paredes. Las veo como si se tratara de vecinos de un barrio en el que no vivo más. Me alegro de no haber ido a trabajar, de cualquier manera ya iba demasiado retardada y cuando los desvíos de las avenidas en reparación me trajeron a esta calle supuse que alguna clase de providencia me ordenaba descansar un poco después de tantas noches de hospital y de tantos días de oficina.

No llores, me repito a mí misma ante los detalles que me recuerdan la infancia. Me veo dando saltitos en el borde que separa la cocina de jardín, persigo la huella de un caracol en la paredes. Huele a naftalina y a guayabas maduras. No llores. No llores. Hay un par de llaves en la repisa junto al teléfono, ahí en donde se acumula polvo sobre mensajes que se anotaron hace dos años, tres años, diez años tal vez. Tantas veces que he estado parada en este sitio y es la primera vez que noto que esas llaves están ahí. Con ese apremio que me reclama rascar una y otra vez en un piquete de mosquito o probar el pan recién horneado a sabiendas que me quemaré la lengua, esas llaves me exigen buscar en el ropero: trastorno compulsivo, dijo alguna vez el psiquiatra.

Frascos de perfumes extintos, una caja de música, una receta de sulfa expedida en 1950, la cartilla del servicio militar de mi padre. ¿Por qué guardaría mi mamá todo esto bajo llave? Es curioso el anhelo de acumular y conservar que tienen los ancianos. Hay una charola de laca michoacana y bajo ella una invitación descolorida con la fecha de hoy pero de un año muy lejano y los nombres de mis abuelos que según ahí dice “tienen el gusto de invitar a la boda de sus hijos”. Con un calambre de remordimiento me doy cuenta que olvidé que en un día como hoy se casaron mis padres, casi puedo ver el rostro triste de papá, solitario en sus recuerdos. Junto al papel amarillento hay un pañuelito antiguo de popelina blanca con algún bordado, lo extiendo con curiosidad. Caen dos monedas brillantes, sonoras, relucientes. Son dos centenarios.

En cualquier momento suceden hechos fortuitos, circunstancias raras, situaciones inexplicables. Lo sé. Siempre ha ocurrido. Contactos con el más allá, dice la gente. A mí me gusta creer aquello de que la vida es solo un paréntesis entre dos nadas.


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